Las amigas también son una respuesta de Dios: por qué ninguna mamá debería caminar sola

Escrito por: Liliana Contreli

A veces Dios responde nuestras oraciones poniendo una amiga en nuestro camino.

Todavía hay días en los que quisiera levantar el teléfono para contarle algo, para compartir con ella algo… mi ultimo embarazo estuvo lleno de esos momentos…

Me habría encantado escuchar su voz, presentarle a este bebé y compartir con ella la alegría de este nuevo regalo de Dios.

La extraño muchísimo…

Hace dos años, mi hermana en Cristo partió al encuentro del Señor después de luchar contra un tumor cerebral. Su ausencia sigue doliendo, especialmente en momentos importantes como este. Pero, al mismo tiempo, su amistad me recuerda una verdad que muchas veces olvidamos: Dios suele cuidar de nosotros a través de las personas que pone en nuestro camino.

Los amigos son la familia que elegimos… y que Dios pone en nuestro camino para sostenernos, levantarnos cuando caemos y recordarnos, una y otra vez, cuánto nos ama.

Eso fue ella para mí…

Y quizá por eso hoy quiero hablarte de algo que pocas veces mencionamos cuando hablamos de maternidad: la importancia de tener una amiga.

Porque, aunque estemos rodeadas de personas todos los días, muchas mamás vivimos una soledad silenciosa.

Una soledad que pocas veces confesamos.

La soledad también existe dentro de la maternidad

La maternidad puede ser uno de los llamados más hermosos de nuestra vida.

Pero también puede ser uno de los más solitarios.

Pasamos el día acompañadas por nuestros hijos, hablamos con nuestro esposo, saludamos a otras mamás en la escuela, respondemos mensajes de trabajo… y, aun así, sentimos que nadie sabe realmente cómo estamos.

Nos acostumbramos a responder “todo bien” cuando, por dentro, estamos agotadas.

Nos cuesta pedir ayuda.

Nos cuesta mostrarnos vulnerables.

Y poco a poco empezamos a creer que ser una buena mamá significa poder con todo.

Pero Dios nunca nos pidió caminar solas.

Desde el principio de la creación vemos una verdad profunda:

“No es bueno que el hombre esté solo.” (Génesis 2,18)

Aunque este pasaje se refiere al origen del matrimonio, también nos recuerda algo esencial sobre nuestra naturaleza: fuimos creados para vivir en comunión.

Necesitamos de Dios…

Y también necesitamos de los demás.

Una verdadera amiga es un regalo de Dios

Con el paso de los años he descubierto que algunas amistades llegan por casualidad.

Pero otras solo pueden explicarse por la providencia de Dios.

Son esas personas que aparecen en el momento justo.

Que rezan por ti cuando ya no tienes fuerzas.

Que te escuchan sin juzgarte.

Que celebran tus alegrías como si fueran propias.

Y que permanecen cuando llegan las pruebas.

Una amistad así no es un lujo.

Es un regalo.

Porque una buena amiga no solo te acompaña en la maternidad...

También te ayuda a acercarte a Cristo.

Como dice el libro de los Proverbios:

“El hierro con hierro se aguza, y el hombre con su prójimo se afina.” (Proverbios 27,17)

Las personas que Dios pone en nuestro camino también moldean nuestro corazón.

Nos ayudan a crecer.

Nos corrigen con amor.

Nos animan cuando queremos rendirnos.

Y nos recuerdan quiénes somos cuando lo hemos olvidado.

Una amistad santa te acerca al Cielo

Vivimos en una cultura que valora mucho la independencia.

Que admira a quien puede hacerlo todo solo.

Pero la fe cristiana nos muestra algo distinto.

Jesús mismo eligió caminar acompañado.

Llamó discípulos.

Compartió la mesa con ellos.

Lloró con ellos.

Les pidió que permanecieran cerca en Getsemaní.

Si el mismo Hijo de Dios quiso vivir su misión en comunidad, ¿por qué creemos que nosotras deberíamos recorrer la maternidad completamente solas?

Una amiga que ama a Dios puede convertirse en uno de los mayores regalos para nuestra vida espiritual.

Porque no solo te pregunta cómo están tus hijos.

También te pregunta cómo está tu corazón.

No solo celebra tus logros.

También te recuerda volver a la oración cuando te has alejado.

No solo escucha tus problemas.

También reza contigo.

Y eso cambia completamente una amistad.

Tal vez el enemigo sabe algo que nosotras olvidamos

Hay una razón por la que tantas mamás terminamos aislándonos.

Porque el aislamiento nos hace más vulnerables.

Cuando dejamos de compartir nuestras luchas, es más fácil creer las mentiras.

Pensar que somos las únicas que no podemos con todo.

Que todas las demás lo hacen mejor.

Que estamos fallando.

En el episodio 57 del podcast, “Las 3 mentiras más fuertes que el enemigo usa contra nosotras”, hablo con más profundidad sobre esta realidad y sobre cómo el enemigo intenta mantenernos aisladas para debilitar nuestra fe. Pero basta mirar la historia de la Iglesia para descubrir que Dios siempre ha formado comunidades, no cristianos solitarios…

Porque sabe que necesitamos caminar juntas.

[Escuchar el episodio aquí]

Como dijo Jesús:

“Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” (Mateo 18,20)

Qué consuelo saber que Cristo también está presente en esas conversaciones sinceras entre amigas que comparten la misma fe.

Si hoy tienes una amiga así, dale gracias a Dios

Y si todavía no la tienes…

Pídesela.

A veces rezamos por salud.

Por trabajo.

Por nuestros hijos.

Pero pocas veces pedimos una amistad santa.

Sin embargo, puede ser uno de los regalos más grandes que Dios quiera darte.

Una mujer que camine contigo.

Que te acerque más a Él.

Que sostenga tu fe cuando la tuya se debilite.

Y que te recuerde, incluso en los días más difíciles, que nunca estás sola.

¿Este post tocó algo en tu corazón? Compártelo con una mamá que también lo necesite leer hoy.

Y si mientras leías esto algo en ti se movió, quizá valga la pena detenerte un momento a identificar qué es lo que más te tiene atorada en esta temporada. Tengo un quiz gratuito que te ayuda a hacerlo en menos de tres minutos:

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